“En el mundo tendréis luchas. Pero tened ánimo: Yo he vencido al mundo”. Jn 16,33b
El miércoles 13 de abril, CHARIS Internacional llevará a cabo una jornada mundial de oración, una oración de intercesión en línea de 12 horas, de 9 a 21 horas (hora de Roma), por la paz en Ucrania. El organizador es la Comisión de Intercesión de CHARIS.
Participa en YouTube CHARIS INTERNACIONAL.
La intercesión será llevada por diferentes países en diferentes idiomas. Un programa detallado de los líderes de intercesión, países e idiomas serán pronto publicados.
A menudo nos quedamos indiferentes ante el sufrimiento de otros. Rara vez tenemos suficiente voluntad o celo para orar por las personas necesitadas.
Nosotros especialmente estamos llamados a ponernos en ferviente oración de intercesión para parar la guerra en Ucrania.
Nuestra Sagrada Escritura nos dice. «La oración ferviente del justo es muy poderosa» Santiago 5, 16 b
Unámonos a la adoración mundial de 12 horas de CHARIS y en oración de intercesión por la paz en Ucrania.
Comenzaremos MAÑANA miércoles Santo, 13 de abril, desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche (hora de Roma).
Amados hermanos y hermanas el mensaje que nosotros recibimos de nuestra Santa Madre en Fátima fue muy claro. Su rosario es capaz de detener guerras.
Unámonos al Santo Padre y triunfemos por el inmaculado Corazón de María.
Por favor, únete a nosotros en intercesión por la paz y que se cumpla la promesa que Jesús nos hizo.«En el mundo tendréis tribulación, pero, ¡ánimo! Yo he vencido al mundo» Jn 16,33b
Un recorrido de formación ofrecido por CHARIS para todos aquellos que deseen aprender más sobre la Iglesia, la Renovación Carismática Católica y sobre sí mismos.
El Cardenal Raniero Cantalamessa nos propone abordar ciertos comentarios de Jesús sobre la familia que pueden dejarnos boquiabiertos, pero que debemos conocer para no dejarnos impresionar cuando oigamos hablar de ellos.Aquí presentamos un extracto.
El Evangelio del V domingo de Cuaresma es el episodio de la mujer sorprendida en adulterio a la que Jesús salva de la lapidación. Jesús no busca aprobar la acción de la mujer; intenta más bien condenar la actitud de quien siempre está dispuesto a descubrir y denunciar el pecado ajeno.
Partiendo de este episodio -nos propone el P. Cantalamessa- ampliemos nuestros horizontes examinando la actitud de Jesús hacia el matrimonio y la familia en todo el Evangelio, porque hay en los evangelios palabras de Cristo sobre los vínculos familiares que a primera vista suscitan desconcierto.
Jesús dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26), «El que ama a su padre o a su madre… a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37). Jesús no pide por lo tanto odiar a los padres o a los hijos, sino no amarles hasta el punto de renunciar, por ellos, a seguirle.
Otro episodio que suscita desconcierto. Un día Jesús dijo a uno: «Sígueme». Aquél respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios»» (Lc 9, 59 s.) Se sabe que la expresión «Déjame ir primero a enterrar a mi padre» se usaba a veces (como se hace también hoy) para decir: «déjame ir a atender a mi padre mientras esté vivo; cuando muera, lo sepultaré y después te seguiré». Jesús pediría por lo tanto sólo no posponer por tiempo indeterminado la respuesta a su llamada. Jesús siempre subraya con fuerza el mandamiento de honrar al padre y a la madre, hasta condenar la práctica de sustraerse, con pretextos religiosos, al deber de asistirles, Mc 7, 11-13.
Cuántos milagros realiza Jesús precisamente para salir al encuentro del dolor de padres (Jairo, el padre del epiléptico), de madres (la cananea, o la viuda de Naím), o de parientes (las hermanas de Lázaro), por lo tanto, para honrar los vínculos de parentesco. Él incluso en más de una ocasión comparte el dolor de parientes hasta llorar con ellos.
El desconcierto ante estas peticiones de Jesús nace en gran parte de no tener en cuenta la diferencia entre lo que Él pedía a todos indistintamente y lo que pedía sólo a algunos llamados a compartir su vida enteramente dedicada al reino, como sucede hoy en la Iglesia.
«He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra» (Mt 10, 35). Pero no es Él quien separará; será la actitud diferente que cada uno adoptará en la familia respecto a Él lo que determinará esta división. Un hecho que se verifica dolorosamente también hoy en muchas familias.
Jesús es más riguroso que nadie acerca de la indisolubilidad del matrimonio, ha venido a devolver al matrimonio a su belleza originaria, Mt 19, 4-9, para reforzarlo, no para debilitarlo.
¡Sólo el Espíritu Santo puede revelar Jesucristo vivo y presente!
¡No tengáis miedo del Espíritu Santo!
Es la invitación que nos hace el Padre Cantalamessa en este vídeo, atestiguando especialmente su experiencia personal del bautismo en el Espíritu y de la intervención del Espíritu Santo en su vida: https://www.youtube.com/watch?v=jY8mpj4ttoY
Este franciscano capuchino, teólogo e historiador, se dedica desde hace varios años a la predicación de un nuevo Pentecostés, por todo el mundo, ¡con una convicción carismática y ecuménica!
Convencido que el evento de Pentecostés de hace 2000 años se vive hoy en día en todo el mundo, en este video el Padre Raniero Cantalamessa (todavía no había sido nombrado Cardenal) nos invita a reconocer y a vivir del soplo vivificante del Espíritu Santo.
Una de las 3 misiones, la primera, que el Santo Padre Francisco le ha dado a CHARIS, es la de compartir con todos en la Iglesia el bautismo en el Espíritu Santo. Y en el vídeo, el Cardenal expresa el «secreto» para, quizá, poder hacerlo en las circunstancias más adversas: «Dejar pasar la gracia del Espíritu Santo y nosotros, sus instrumentos, quedarnos atrás»
En plena obediencia y con gozo, CHARIS ha formado una Comisión dedicada a esta misión. Esta nueva Comisión trabaja identificando las diversas maneras como esta misión puede realizarse, con creatividad y ampliando los horizontes fuera de la Renovación Carismática. Estamos trabajando en ello y os iremos compartiendo las diferentes maneras de hacerlo, siguiendo las mociones del Espíritu Santo.
Os pedimos que nos hagáis llegar cómo lo estáis haciendo los grupos de oración, las escuelas, las comunidades y tantas realidades carismáticas que el Espíritu Santo ha suscitado en distintas partes de España : servicionacionaldecomunion.es@gmail.com
«Hay un elemento común – nos dice el Cardenal Raniero Cantalamessa en su homilía del 4º domingo de Cuaresma- que une entre sí las tres parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo narradas una tras otra en el capítulo 15 de Lucas. ¿Y qué dice Jesús como conclusión de cada una de las tres parábolas? «Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».
El leitmotiv de las tres parábolas es por lo tanto la alegría de Dios. (Hay alegría «ante los ángeles de Dios» es una forma hebraica de decir que hay alegría «en Dios»). En nuestra parábola, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado».
En una novela suya, Dostoiewski describe una escena que tiene todo el ambiente de una imagen real. Una mujer del pueblo tiene en brazos a su niño de pocas semanas, cuando éste –por primera vez, dice ella- le sonríe. Compungida, se hace el signo de la cruz y a quien le pregunta el por qué de aquel gesto le responde: «De igual manera que una madre es feliz cuando nota la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador se arrodilla y le dirige una oración con todo el corazón» ( L’Idiota , Milano 1983, p. 272). «
Uno de los objetivos de CHARIS es promover el servicio a los pobres y la acción social a través de la Renovación Carismática Católica.
(Estatutos, art. 3: Objetivos Generales de CHARIS)
El Cardenal Raniero Cantalamessa, en su tercera predicación de Cuaresma, nos invita a ver en los pobres el cuerpo de Jesús. Para CHARIS este mensaje es muy importante porque esta es una de las tres tareas que el Papa Francisco ha encomendado.
«Estaba en una misión en un país muy pobre. Cruzando las calles de la capital vi por todas partes niños cubiertos con unos pocos trapos sucios, corriendo detrás de los camiones de basura para buscar algo de comer. En cierto momento fue como si Jesús me dijera: «Mira bien: ¡eso es mi cuerpo!». Había que tener cortada la respiración.
La hermana del gran filósofo creyente Blaise Pascal refiere este hecho sobre su hermano. En su última enfermedad, no lograba retener nada de lo que comía y, por esto, no le permitían recibir el viático que pedía insistentemente. Luego dijo: «Si no podéis darme la Eucaristía, al menos dejad entrar a un pobre en mi habitación. Si no puedo comulgar con la Cabeza, quiero al menos comulgar con su cuerpo» .
La preocupación por compartir lo que tenemos con los necesitados, cercanos y lejanos, debe ser parte integral de nuestra vida eucarística. No hay nadie que, si lo desea, no pueda, durante la semana, realizar uno de esos gestos de los que Jesús dice: «Me lo hicisteis a mí».
Jesús dijo: «Porque siempre tenéis a los pobres con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre» (Mt 26,11). Esto también es cierto en el sentido de que no siempre podemos recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía e incluso cuando lo recibimos, dura solo unos minutos, mientras que siempre podemos recibirlo en los pobres.
Siempre tenemos a los pobres a mano. Cada vez que nos encontremos con alguien que sufre, especialmente si se trata de ciertas formas extremas de sufrimiento, si estamos atentos, escucharemos, con los oídos de la fe, la palabra de Cristo: «¡Esto es mi cuerpo!».
¡Que Dios nos ayude a no volver la cabeza hacia otro lado!»
El Cardenal Raniero Cantalamessa, en su segunda predicación de Cuaresma, nos ha contado su testimonio como sacerdote en la consagración.
Aquí tienes un extracto:
Así vivía el momento de la consagración en la Santa Misa los primeros años de mi sacerdocio: cerraba los ojos, inclinaba la cabeza, trataba de alejarme de todo lo que me rodeaba para identificarme con Jesús que, en el Cenáculo, pronunció esas palabras por primera vez: «Tomad, comed…». La liturgia misma inculcaba esta actitud, haciendo pronunciar las palabras de la consagración en voz baja y en latín, inclinados sobre las especies.
Luego vino la reforma litúrgica del Vaticano II. La misa comenzó a celebrarse mirando a la asamblea; ya no en latín, sino en el idioma del pueblo. Esto me ayudó a entender que mi actitud, por sí sola, no expresaba todo el significado de mi participación en la consagración. ¡Ese Jesús del Cenáculo ya no existe! Ahora existe el Cristo resucitado: para ser exactos, el Cristo que estaba muerto, pero ahora vive para siempre (cf. Ap 1,18).
Pero este Jesús es el «Cristo total», Cabeza y Cuerpo inseparablemente unidos. Por lo tanto, si es este Cristo total quien pronuncia las palabras de consagración, yo también las pronuncio con él. Las pronuncio, sí, en nombre de Cristo, pero también «en primera persona», es decir, en mi nombre.
A partir de ese día en que entendí esto, comencé a dejar de cerrar los ojos en el momento de la consagración, y a mirar —al menos alguna vez— a los hermanos frente a mí, o, si celebro solo, pienso en aquellos a quienes debo encontrarme durante el día y a quienes debo dedicar mi tiempo, o incluso pienso en toda la Iglesia y, dirigiéndome a ellos, les digo con Jesús: «Tomad, comed todos de él: esto es mi cuerpo que quiero dar por vosotros… Tomad, bebed: esta es mi sangre que quiero derramar por vosotros».
Más tarde vino san Agustín a quitarme todas las dudas. «En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece a sí misma». Más cerca de nosotros es la mística mexicana Concepción Cabrera de Armida, llamada Conchita, quien murió en 1937 y fue beatificada en 2015. A su hijo jesuita, a punto de ser ordenado sacerdote, ella escribía: “Acuérdate hijo mío, que al tener a Jesús en tus manos en la sagrada forma no dirás: ‘Este es el Cuerpo de Jesús, esta es la Sangre’, sino que dirás: ‘Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre’, es decir que debe existir una total trasformación, tú perdido en El: otro Jesús.
Todo esto se aplica no sólo a los obispos y sacerdotes ordenados, sino a todos los bautizados.
Para el Cardenal Raniero Cantalamessa, en este evangelio de la Transfiguración, Lucas dice también el motivo por el que Jesús aquel día «subió al monte»: lo hizo «para orar».
Fue la oración la que hizo su vestido blanco como la nieve y su rostro resplandeciente como el sol.
El Tabor es una ventana abierta a nuestro futuro; nos asegura que la opacidad de nuestro cuerpo un día se transformará también en luz; pero es también un reflector que apunta a nuestro presente; evidencia lo que ya es ahora nuestro cuerpo, por encima de sus míseras apariencias: el templo del Espíritu Santo.
Hablar de la Eucaristía, nos dice el Cardenal Raniero Cantalamessa, en tiempo de pandemia y ahora además con los horrores de la guerra delante de nuestro ojos, no es huir de la realidad dramática que estamos viviendo, sino una ayuda para mirarla desde un punto de vista más elevado y menos contingente.
La Eucaristía es la presencia en la historia del acontecimiento que ha invertido para siempre los papeles entre vencedores y víctimas. En la cruz, Cristo hizo de la víctima el verdadero vencedor: “Victor quia victima”, lo define san Agustín: vencedor precisamente por ser víctima.
La Eucaristía nos ofrece la verdadera clave de lectura de la historia. Ella nos asegura que Jesús está con nosotros, no solo intencionalmente, sino realmente en este mundo nuestro que parece escaparse de nuestras manos en cualquier momento. Nos repite: “¡Animo! Yo he vencido al mundo!” (Juan 16: 33).