
El Cardenal Raniero Cantalamessa nos propone abordar ciertos comentarios de Jesús sobre la familia que pueden dejarnos boquiabiertos, pero que debemos conocer para no dejarnos impresionar cuando oigamos hablar de ellos. Aquí presentamos un extracto.
El Evangelio del V domingo de Cuaresma es el episodio de la mujer sorprendida en adulterio a la que Jesús salva de la lapidación. Jesús no busca aprobar la acción de la mujer; intenta más bien condenar la actitud de quien siempre está dispuesto a descubrir y denunciar el pecado ajeno.
Partiendo de este episodio -nos propone el P. Cantalamessa- ampliemos nuestros horizontes examinando la actitud de Jesús hacia el matrimonio y la familia en todo el Evangelio, porque hay en los evangelios palabras de Cristo sobre los vínculos familiares que a primera vista suscitan desconcierto.
Jesús dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26), «El que ama a su padre o a su madre… a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37). Jesús no pide por lo tanto odiar a los padres o a los hijos, sino no amarles hasta el punto de renunciar, por ellos, a seguirle.
Otro episodio que suscita desconcierto. Un día Jesús dijo a uno: «Sígueme». Aquél respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios»» (Lc 9, 59 s.) Se sabe que la expresión «Déjame ir primero a enterrar a mi padre» se usaba a veces (como se hace también hoy) para decir: «déjame ir a atender a mi padre mientras esté vivo; cuando muera, lo sepultaré y después te seguiré». Jesús pediría por lo tanto sólo no posponer por tiempo indeterminado la respuesta a su llamada. Jesús siempre subraya con fuerza el mandamiento de honrar al padre y a la madre, hasta condenar la práctica de sustraerse, con pretextos religiosos, al deber de asistirles, Mc 7, 11-13.
Cuántos milagros realiza Jesús precisamente para salir al encuentro del dolor de padres (Jairo, el padre del epiléptico), de madres (la cananea, o la viuda de Naím), o de parientes (las hermanas de Lázaro), por lo tanto, para honrar los vínculos de parentesco. Él incluso en más de una ocasión comparte el dolor de parientes hasta llorar con ellos.
El desconcierto ante estas peticiones de Jesús nace en gran parte de no tener en cuenta la diferencia entre lo que Él pedía a todos indistintamente y lo que pedía sólo a algunos llamados a compartir su vida enteramente dedicada al reino, como sucede hoy en la Iglesia.
«He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra» (Mt 10, 35). Pero no es Él quien separará; será la actitud diferente que cada uno adoptará en la familia respecto a Él lo que determinará esta división. Un hecho que se verifica dolorosamente también hoy en muchas familias.
Jesús es más riguroso que nadie acerca de la indisolubilidad del matrimonio, ha venido a devolver al matrimonio a su belleza originaria, Mt 19, 4-9, para reforzarlo, no para debilitarlo.
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